La imagen más dolorosa del pontificado: un anciano utilizado como escudo de poder
Hemos visto a Francisco salir al balcón del hospital tras más de un mes ingresado. Lo sentaron en silla de ruedas, le colocaron el micrófono, y lo único que pudo decir fue algo completamente alejado del momento: «Veo a esa señora con flores amarillas, qué bien». Luego, hizo el ademán de marcharse, hasta que alguien —¿un asesor?, ¿un médico?, ¿un colaborador de la curia?— le recordó que debía bendecir. Lo hizo de forma mecánica, casi automática, sin saber dónde estaba. Después, se lo llevaron, tosiendo, exhausto, expuesto.
¿Era necesario este espectáculo? ¿A quién beneficia ver al Papa en estas condiciones, completamente fuera de sí? La respuesta es clara: a quienes gobiernan en su nombre, a quienes se ocultan bajo la sombra de su figura para mantener un poder que no les corresponde, porque saben que sin esa imagen de falsa continuidad, su autoridad se desploma.
Esto no es cuidar al Papa. Esto es usarlo. No por su bien, sino por el bien de un sistema que necesita mantener la …